Casi nunca es tarde by Juan David Correa

Casi nunca es tarde by Juan David Correa

autor:Juan David Correa [Correa, Juan David]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: literatura colombiana, novela, ficción, novela en español, literatura latinoamericana
editor: eLibros Editorial - Laguna Libros
publicado: 2013-04-10T00:00:00+00:00


Juan miraba cómo los hombres terminaban de ajustar unas estrellas de luces a los postes. Navidad nunca significó nada para Amanda. Aunque Samuel solía ser más entusiasta y preparaba algo especial, Amanda solo permitía que cenaran, pero estaban prohibidas, entre muchas otras cosas: rezar la novena por ser una degradación de las mujeres (¿por qué solo los hombres eran héroes en la historia católica y la única mujer importante era tildada de medio puta?, decía); participar de las comidas típicas como tamales, natillas, buñuelos, patas de cerdo, etcétera. La pólvora era enemiga de los niños a pesar de que decenas, cientos, miles, millones de ellos se dedicaran la noche del 24 con sus tíos, abuelos o padres a meter voladores en botellas de gaseosa vacías, a inflar globos que quemarían de una vez por todas los cerros de Bogotá, a echar mechas en las porterías para asustar a los vigilantes, a encender volcanes húmedos que podían quemar una mano, a prender chispitas Mariposa, las luces de bengala para niños.

No debían pronunciar la palabra novena. Si por esas casualidades de la vida se colaba un tutaina tuturumá, un dulce Jesús mío, un Consideraciones para todos los días, Amanda prendía el nuevo equipo de sonido Sony color gris y Brassens o Aznavour —sus héroes en los días en que estudió en París— arremetían con sus voces de galanes de los años sesenta, en contra de los cánticos que pedían “dulce Jesús mío, mi niño adorado, ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”. Entonces Samuel se reía y la abrazaba y le decía cosas al oído. Y Juan se reía con ellos aunque por dentro hubiera querido estar en la novena, armado de pandereta, contando los minutos para que sonara el amén y sus amigos y él se dispersaran y armados de totes y mechas y uno que otro volador se fueran perdiendo por las calles del barrio, esa urbanización construida a finales de los años setenta exclusiva para empleados oficiales; esa cuadrícula de calles cerradas y de edificios de cinco pisos pintados de amarillo, donde crecían margaritas silvestres y donde, durante diez años, Juan fue feliz a su manera.

Él recordaba una y otra vez a Samuel porque había sido, en verdad, una presencia casi cotidiana en su vida. Al ser arrancado de tajo, la poca certeza que tenía sobre el cariño familiar se había ido derrumbando poco a poco. La última Navidad, antes de su desaparición, habían ido a las bodegas de la avenida de las Américas a comprar ropa en los saldos. Luego comieron pizza en Sears. Samuel era un tipo que hablaba mucho, que conversaba y se preocupaba por lo que Juan decía.

Ese 24 de diciembre hoy se ha convertido en una especie de éxito estrepitoso en la vida de Juan. Samuel le regaló una última Navidad como la que jamás volvería a tener, una Navidad en la que caminaron por las calles de Sears viendo el alumbrado, como dos amigos que han comenzado a saber que se tienen el uno al otro para eso: para caminar en silencio, sin preguntas ni explicaciones.



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